Catrina
era su nombre. Día de muertos se celebraba. El comportamiento del pueblo era de alegría.
Mira a estos que celebran la partida, dice un extranjero. Mira a estos que no
respetan la muerte, dijo otro. Eso no importaba. La Catrina se llevaba a todos
por igual, respetuosos o irrespetuosos. Ricos o pobres. Educados o ignorantes.
Brillantes o lerdos. Bellos, feos, descoloridos, tostados, grandes y petisos. A
ella le daba igual.
Si la vida es violentamente corta, para que berrear, para que pasar la vida gimoteando en el velo de la incertidumbre, velo con que se cubren los recuerdos moribundos y dolorosos. Yo aquí me bajo, en esta estación, en la del pueblo que celebra la muerte, que le ríe y que se burla de lo efímero de nuestros pasos.
Si la vida es violentamente corta, para que berrear, para que pasar la vida gimoteando en el velo de la incertidumbre, velo con que se cubren los recuerdos moribundos y dolorosos. Yo aquí me bajo, en esta estación, en la del pueblo que celebra la muerte, que le ríe y que se burla de lo efímero de nuestros pasos.
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