Sólo porque el cosmos, ya a estas
alturas (caos puro), está totalmente inconexo, es por lo que se puede madurar,
meterse en el ducto de una vida que parece
tener dirección, porque la meta está al alcance de la miopía, porque los
sueños están podados pragmáticamente y uno se mueve en pos de lo inmediato:
cumplir con el trabajo, terminar, la escuela, ganar lo suficiente y, si es
posible, ahorrar, prosperar, ser feliz. Las metas trascendentes se sustituyen
por los objetivos sensatos y parece que, ahora sí, la locura nos abandona, pero
no: no hay locura peor que la de la madurez. De la esquizofrenia infantil
pasamos a la paranoia adolescente y, cuando maduramos, la locura se convierte
en imbecilidad: es la locura de la conciliación, del acomodo, la locura de la
normalidad.
¿En qué consiste esta locura? En
fingir, en engañarnos, en convencernos de que la vida, la misteriosa e
incomprensible vida, tiene como sentido el corto afán que ahora pretendemos.
Porque no resulta comprensible, desde ningún punto de vista, aunque para todos
sea evidente, que los seres humanos se entreguen así a conseguir dinero, a
triunfar, a alcanzar el poder, a ver cómo crecen sus hijos, a lograr la fama, a
cuidar su jardín, a conseguir comida, como si alguna de estas cosas o todas
juntas tuvieran sentido. La locura de la normalidad consiste en ya no poder
entender la pregunta del para qué de la existencia.
Filosofía para inconformes, Oscar de la Borbolla
No hay comentarios:
Publicar un comentario