Salpica el acantilado, en las rocas, desgastando con su sal la tierra, dejando huecos donde florece alguna vida, donde la espuma burbujea, depurando la estructura, como quién tiene un plan mayor.
Tan milenaria, pero no eterna. Tan necesaria y no se da cuenta.
Siglos de historia que hay sin contar se arrullan insensatos en los azules ojos del planeta, evidente huella del tiempo, garante de nuestra existencia.
Finitos sus frutos y eternas sus repercusiones, de que al menos por aquí hubo quien respirara y quien se alimentara. De que por allí, en los remansos y en las borrascas, hubo vida.
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