Se elevan los recuerdos en la tempestad terrífica de los
relámpagos que iluminan a pedazos el cielo, ese cielo de memorias que se borran
al puntillearse las estrellas.
Prudentes son los mares al danzar al compás de la cruel
luna, pues, ¿qué pueden hacer las olas con la gigante hermosa y amarilla? ¿Qué
pueden decirle, que pueden hacerle, ella tan distante y las olas tan chaparras?
Incluso cuando se levantan, iracundas, tan llenas de muerte, son sólo comezón a
la gran menguante.
¿Qué puede hacer en cambio, el pobre marinero, atrapado en
la tempestad de las olas?
Nada yo diría. Nada y
morir, a decir verdad. Uno espera a que amainen los torrentes de furia, suaves
y mortíferos. Uno espera siempre que todo mejore. A su debido tiempo, se dice.
El hombre furioso, impotente, se descubre pequeño y
enfermizo. ¿Qué es un pobre corazón con sus cuatro válvulas en un inmenso mar?
¿Son dos flacuchas piernas otra cosa que juncos mal parados en la violenta
corriente de la vida?
Yo ya no sé si sueño o me consumo.
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