Anhelaba
un lugar en el iris de sus ojos. Deseaba estar allí, sentarse a contemplar las
estrellas de la noche bajo la pupila más bella. Estaba seguro que la
perspectiva era mejor, era la mejor. No habría noches más bellas que las que
contemplaran sus ojos, no habría paisaje más hermoso que en el que ella
reparase, no habría modo de igualar un amanecer que a ella le desvelase.
Auspiciar el lugar más hermoso de su cabello, así de fuerte y húmedo como las
selvas lo eran en su temporada torrencial, toda llena de olor a rosas y bellezas. Sentirse
fuerte en ese suave ondular de espesa flora negra, deslizarse por los lacios
senderos de su cabeza.
Le ocupaba ser inequívoco residente de su piel, sentir la brisa álgida recorrerla
y erizarla.
Alojarse en sus labios para no dejarla de besar jamás, ser la última cosa que
sus palabras dejaran escapar. Jugar al alpinista en sus comisuras, deslizarse y
volver a empezar.
Todo esto quería y ansiaba el pobre hombre. Todo esto le enloquecía. Pues
aquella bella mujer no le correspondía.
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