En cierta manera si se acabó el mundo.
Al menos para mí.
El 2012 sin duda fue un año como ninguno.
Algo agridulce, por decir lo menos. En estos 365 días viví cosas tan
satisfactorias como decepcionantes. Estuve tan al filo de la emoción como del
colapso. Muchos de los mejores y peores momentos de mi vida pertenecerán a este
año, sin duda alguna.
Por un lado tuve una de las mayores decepciones de mi vida. Como ustedes
(o usted, depende de cuántos lectores tenga por ahí) imaginaran, fue en el
plano amoroso. Desgarrador y cruel el asunto, por decir lo menos.
Aquella decepción no fue nada que otra persona en el mundo no haya
experimentado ya. A decir verdad, debe ser de las acciones más comunes en esta
nefasta humanidad. No es, por lo tanto, un desaire original, no es una pena que
nadie haya experimentado ni un sufrir como ningún otro, sino todo lo contrario,
pues a muchos les habrán hecho lo que a mí y a muchos se lo harán. Inclusive
peor.
Por otro lado, todo ese embrollo idílico terminó, y terminó para bien.
Se podría decir que salí de un círculo vicioso que no estaba llevando a ninguna
parte y que sólo me devoraba el espíritu, cual terrífico monstruo nocturno.
Ahora que lo veo en retrospectiva fue lo mejor que nos pudo haber pasado a los
dos. A duras penas las cosas eran un escueto esbozo de aquél gran amor que
algún día existió.
Otra gran lección que me dejó aquella vivencia fue que el tiempo todo lo
cura.
Parecen tonteras y suena muy trillado, pero es verdad. Aunque uno piense
que no queda nada en el mundo que pueda ayudarlo a calmar su dolor, el tiempo
se encarga de ello. Solito, así no más.
En el lado positivo de las cosas (on the bright side of the things, como
dirían los gringos) en este año viví una de las experiencias más inolvidables
de mi vida: Salí de mi rancho llamado México hacia Chile, un país hermoso,
vivo, diverso y de gente acogedora.
Con la excusa de un intercambio académico (estudio medicina), disfruté
unas vacaciones como ningunas, tuve por primera vez la oportunidad de valerme
por mi mismo allá afuera (parcialmente, ya que el dinero que traía en mano
pertenecía a mis benevolentes padres), y he de decir que mi actuación fue por
lo menos respetable.
Mis decisiones de qué comer, qué comprar, a dónde viajar y cómo, cuándo
y con quién hacerlo me llevaron a una singular aventura de un mes de duración,
que sin duda cargaré para mis adentros hasta el día que mi último pensamiento
viva.
Puede ser que más adelante cuente algunas de las divertidas,
espeluznantes, ridículas, raras, incómodas, agradables y hasta románticas
situaciones en las que me vi envuelto durante mi estadía en aquél frío y verde
país. O puede que nunca lo haga. Supongo que será otra vez el tiempo quien lo
decida por mí.
Por el momento basta decir que no me arrepiento de nada de lo que hice
allá, y tengo la esperanza de volver algún día, no sé cuándo, ni cómo ni con
qué propósito, pero el deseo es vehemente y el corazón no escucha
razones.
Otra gran y feliz noticia de este año, de este trastabillado y gran año
fue que conocí a Jessica.
Fue casi sin querer, como dice una canción muy popular que anda en boca.
Así como quien no quiere la cosa, en mis clases de interna II, cuando
llevaba discusión de cardiología, la vi por primera vez.
Nos sentábamos tan lejos uno del otro que no se esperaba ningún
encuentro fortuito. Fue gracias a un amigo en común, llamado Evaristo (que
Santa lo tenga en su lista buena para el siguiente año) que pudimos platicar
por primera vez.
De ahí en adelante fue sentarnos juntos en cada discusión de interna,
platicar, conocernos, bromear y enamorarnos.
La recuerdo mucho un día en particular, con un suéter rosa y una pashmina
verde ¿menta? , creo que casi se me escapa la palabra hermosa cuando le dije lo
bien que se veía.
No fue fácil, pero al final de muchas cosas y otras más, ahora estamos juntos.
Si tuviera que definir un acontecimiento importante en este año,
definitivamente ella sería mi 2012.
Me gustaría seguir escribiendo, tenía planeado contarles algunas cosas
más, pero en este momento me llaman a la cena y no creo volver antes de que
sean las doce y nazca el nuevo año. Supongo que lo dejaremos en "stand
by", utilizando otra frase gringa, para ver cómo resulta este 2013.
A todo aquél que lea esto no me queda más que desearle un feliz y
próspero año nuevo, lleno de alegría y cosas buenas.
Claro que el año que viene tendrá sus bemoles, puede que no sea un año
fácil. En cierta medida ninguno lo es.
Pero si este año salí avante de tanta calamidad, si mis ratos buenos y
divertidos superaron a los aburridos o tristes, si al final me siento más feliz
que descontento, ¿Para qué preocuparse?
Todo tiene su lugar en esta vida y recuerden, pero recuerden ¡muy bien!
no hay mejor aliado que el TIEMPO. Se los dice alguien que ha sacado el
mejor provecho de él.
¡Feliz 2013!
Se despide de ustedes (así como de este año viejo),
Se despide de ustedes (así como de este año viejo),
Miguel Parga
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