Bienvenidos a este humilde blog que pretende acallar la ávida desesperación de libertad de quien lo escribe. En él encontrarán de todo un poco, dependiendo del humor del autor. Son muy libres y es muy de ustedes la libertad de irse a otro lado en este vasto universo de la red, y es muy suyo también el derecho a quedarse a leer lo que hay por aquí de vez en vez...

Miguel Parga

domingo, 13 de mayo de 2012

Entre mares de nostalgia

No puedo dormir, ¿será una orquesta en la cabeza? ¿Será el diluvio de ideas? ¿Un sarpullido de inquietud que derrocha mis horas? ¿O la resignación unánime de las neuronas, de no querer hacer sinapsis para soñar contigo?
En ningún momento, en ningún lugar, los pensamientos paran. Y tú querida mía, eres el pensamiento de pensamientos, la Roma de mis memorias. Una Roma que puede arder, como lo hizo otrora aquella que aludo.

La claridad constante de mi memoria confunde los ratos pasados con los aires nuevos de la experiencia.

Así me sumo en lo más extraño, en un híbrido de mi imaginación y la vida. La realidad se colapsa con los sentidos vividos, y todo parece arremolinarse en una espiral medio colorida, medio desteñida.

La soledad de estas letras, al compás de una buena música, sólo resaltan la belleza de amargarse la vida. Dulce tristeza no te vayas, pues en ti vivo y por ti muero.

Pero qué sería de la irrisoria existencia sin sus ratos apacibles, neutrales, inconexos con la ira, con la risa, con el llanto. En otras palabras: parquedad pura. A todos les desespera ese estado, porque la mayoría lo ha tenido con frecuencia.

A nadie le gusta sentirse vacío, se prefiere antes estar iracundo, estar destrozado en alma, a estar vacuo. Y no es de extrañarse. Con el aburrimiento se viene una necesidad imperiosa de sentirse desgraciado, o, en el mejor de los casos, alegre.

Se buscan los problemas, los amigos, el alcohol. La fiesta, las películas y los libros.          

Otros tarados escriben en una página en blanco, y luego lo ponen en algún blog que sólo gasta espacio, porque nadie lo lee. Cada quien mata el tiempo a su manera, combate el aburrimiento como Dios le da a entender.

Mientras tecleo me pregunto que más escribir, no suelo ser un tipo que se siente a escribir porque sí. La inspiración tiene que fluir, espontánea, casi mágica, cual títere movido por los hilos de algo más grande.

Todo esto tiene sentido sólo en mi contexto, pero sé que se entiende. Porque el hombre se repite así mismo, a cada rato: en la acera, en el autobús, en la escuela, el trabajo, la biblioteca (¿alguien aún usa alguna?), en la luna, en la soledad, en la compañía, en el sillón, en la cama y en las miradas.

Adiós a la humedad manifestada, con olor a perfume de mujer. Adiós al fascismo de un corazón roto.


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