En ningún momento, en ningún lugar, los pensamientos
paran. Y tú querida mía, eres el pensamiento de pensamientos, la Roma de mis
memorias. Una Roma que puede arder, como lo hizo otrora aquella que aludo.
La claridad constante de mi memoria confunde los ratos
pasados con los aires nuevos de la experiencia.
Así me sumo en lo más extraño, en un híbrido de mi
imaginación y la vida. La realidad se colapsa con los sentidos vividos, y todo
parece arremolinarse en una espiral medio colorida, medio desteñida.
La soledad de estas letras, al compás de una buena
música, sólo resaltan la belleza de amargarse la vida. Dulce tristeza no te
vayas, pues en ti vivo y por ti muero.
Pero qué sería de la irrisoria existencia sin sus
ratos apacibles, neutrales, inconexos con la ira, con la risa, con el llanto.
En otras palabras: parquedad pura. A todos les desespera ese estado, porque la
mayoría lo ha tenido con frecuencia.
A nadie le gusta sentirse vacío, se prefiere antes
estar iracundo, estar destrozado en alma, a estar vacuo. Y no es de extrañarse.
Con el aburrimiento se viene una necesidad imperiosa de sentirse desgraciado,
o, en el mejor de los casos, alegre.
Se buscan los problemas, los amigos,
el alcohol. La fiesta, las películas y los libros.
Otros tarados escriben en una página
en blanco, y luego lo ponen en algún blog que sólo gasta espacio, porque nadie
lo lee. Cada quien mata el tiempo a su manera, combate el aburrimiento como
Dios le da a entender.
Mientras tecleo me pregunto que más escribir,
no suelo ser un tipo que se siente a escribir porque sí. La inspiración tiene
que fluir, espontánea, casi mágica, cual títere movido por los hilos de algo
más grande.
Todo esto tiene sentido sólo en mi
contexto, pero sé que se entiende. Porque el hombre se repite así mismo, a cada
rato: en la acera, en el autobús, en la escuela, el trabajo, la biblioteca (¿alguien
aún usa alguna?), en la luna, en la soledad, en la compañía, en el sillón, en
la cama y en las miradas.
Adiós a la humedad manifestada, con
olor a perfume de mujer. Adiós al fascismo de un corazón roto.

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