Esa incómoda sensación de que ya no tienes un lugar realmente tuyo en cada rincón de la habitación, esa locura de la acatisia que invade tu cuerpo, de sentirte extraño en tu propio hogar, en tu escuela.
No me mal entienda, no estoy loco, es sólo el ahínco por el olvido el que habla a través de mí, el susurro de un mañana sin su nombre, la posibilidad de un atardecer sin sus ojos quemándome la espalda.
¿Qué habrá pasado en las intermitencias del corazón?
Sólo ella lo sabe.
¿Qué tardes, qué noviembres y diciembres le deparan a alguien como yo?
Ni yo lo sé
¡Pero qué aturdida está el alma cuando más despierta se la necesita!
¡Qué vigor el de mi cuerpo, que estoicismo el de levantarse aún en las mañanas, a la expectativa de un algo mejor!
Pero discúlpeme señor, discúlpeme por llenarlo de palabras insensatas, señor. Yo sólo iba pasando y pensé... ¿Usted sabe de estas cosas, no?
Disculpe el monologo forzado, señor.

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