Era ya de madrugada. Él ya no veía sentido en seguir caminando.
Total, la nieve se lo tragaría vivo, estaba haciendo un frío –irónicamente- del demonio, nevaba como si se cayera el cielo y poco a poco se lo tragaba el cansancio. Y para sumar todo esto, para ponerle un lindo y grande moño rojo de desesperanza, estaba solo. Solo otra vez.
Tal vez era por sus nimiedades llevadas al extremo, por sus celos un poco locos. Tal vez si tenía razón después de todo, tal vez no estaba exigiendo demasiado y la vida estaba siendo injusta, tal vez sí, tal vez no.
Eso ya no importaba, él estaba solo y su ex chica, otrora su gran amor, estaba en algún elegante café para gente adinerada, observando a los galantes hombres que pasaban, imaginándose quizá su futura pareja, tal vez entrelazando las manos con algún tipo en su imaginación, mientras le daba otro sorbo al café y reía con cualquiera que fuera su compañía.
Pero fue decisión del pobre hombre, para dolor suyo.
Total que el pobre hombre iba caminando sin otra luz que la que llevaba por lámpara, sin otras ganas que las de descansar en una buena cama y sin otro pensamiento en la cabeza que no fuera aquel que la evocara a ella.
Pasaba por los caminos enlodados, descuidados por el olvido del hombre. Se sentaba de aquí en aquí en alguna roca, para sentarse a reflexionar.
Mentira, se sentaba a lamentarse. ¿Qué más podría reflexionar aquél desdichado, si ya no le encontraba final a la historia?
Así estaba en dimes y diretes el desdichado, cavando su propia tumba en su conciencia, cuando apareció una sombra a lo lejos, apenas visible por la ventisca que parecía tomar forma y bailar sin ton ni son.
Dicha sombra era antropomorfa. Tenía siluetas de mujer, en palabras más cálidas y precisas. Vivaracha la silueta, porque ella sí que se movía con ton y son, con ritmo descuidado, desdeñando el álgido clima, aquél que apenas le dejaba ver algo al pobre desdichado.
Al fin se dejó descubrir una bella y no muy grande –léase pequeña- mujer, que se sentó en una roca que estaba convenientemente - tal vez demasiado - enfrente del desdichado. ¿Qué lugar tan más lleno de rocas verdad?
Pues se quedaron viendo un largo rato. El desdichado más desconfiado que temeroso, ella más feliz que con frío. Él movía desesperado el pie, golpeando el suelo con su talón de manera constante. Ella colocó sus manos en las piernas que cruzó al sentarse.
Atónito ante aquella situación, el desdichado dedicó el silencio sepulcral –interrumpido sólo por el aire, agresivo ser que rompía a jirones el ambiente- a mirarla detalladamente, a reparar en su extraña belleza.
Y es que la muchacha era bella, de eso no cabía duda. El que escribe esto bien podría haberle propuesto matrimonio si estuviera en el lugar del desdichado, pero como esta no es mi historia, si no la del pobre hombre, continuaré.
La mujer era de pelo castaño, largo, por debajo de los hombros. Sus ojos eran almendrados, más oscuros que claros para ser honesto, pero con cierta magia cuando te miraban, como que se comían el alma de quién los viera. No se asusten, enamoraba el alma, más que se la comiera. Las cejas que adornaban aquellos hermosos ojos eran escasas pero muy delineadas, y su barbilla pequeña y muy hermosa. Su nariz era perfecta, una resbaladilla para los labios de algún afortunado. Sus manos eran pequeñas y delicadas, delgados dedos que se juntaban y dejaban ver unas uñas si pintar, pero que brillaban con cierto recelo ante la luz de la luna. Caderas anchas y dotadas de mucho feminismo, que de eso no les quede duda alguna.
Su piel latina le daba un perfecto matiz a la sonrisa que fulguraba en su cara, haciendo arder los más profundos sentimientos del desdichado por un beso.
Para no arrobarlos más, la hermosa dama era el sueño hecho mujer del desdichado –y del autor también- .
Al fin se atrevió él a articular palabra. Pensó que había pasado ya demasiado tiempo observando las perfectas cualidades de la mujer, no fuera a pensar que era él un pervertido. Cuáles fueron las palabras que sonaron en ese aire tan helado son un misterio para el autor, pero debieron ser unas muy divertidas, porque la mujer se echó a reír de inmediato, meneando la melena parsimoniosamente. Fue un movimiento tan fastuoso que el desdichado juró haber visto brillar más las estrellas en ese preciso instante.
La mujer le dijo su nombre, cosa que el olvidadizo autor no recuerda en estos momentos. Creo que empezaba con J de jade, con J de jocosa visita que le habían hecho al desdichado. Y es que la mujer era una fiesta andante, pura risa y baile.
El desdichado le preguntó, perdonando las palabras, que chingados hacía una mujer tan bella en una tormenta blanca tan cruda como aquella.
Ella respondió que lo buscaba a él, así de simple.
El desdichado preguntó para qué, y ella le dijo que la única razón por la que se busca a alguien es para encontrarlo. A él le pareció lógico, así que no mencionó más al respecto.
El desdichado, que ya no se sentía tan desdichado, se acercó unas rocas más para hablar mejor con ella. Ya vista cara a cara, la belleza de la mujer intimidaba un poco, al grado de que el hombre enmudeció unos instantes. La mujer con J de jade tal vez se percató de ello, por lo que se burló de sus gafas de pasta con una intención más tierna que malvada. El "ya no tan desdichado" hombre supo qué significaba aquel bello gesto y continuó charlando con la mujer con J de júbilo.
Ella hablaba y hablaba, casi sin parar, acerca de las cosas más regulares del mundo, era la mujer más parlanchina que jamás hubiera oído. Explicando cada detalle con la más grande dedicación, con el más fiero detenimiento, como si cada uno de esos detalles fuera clave para la comprensión de algo más grande. Tal vez lo era.
Y sin embargo, el "ya no tan desdichado" hombre escuchaba atento, divertido como el que más, con cara de tonto, extasiado, embelesado entre la belleza de la mujer, las palabras que salían de su boca, la dulce voz que las pronunciaba y la boca misma de la muchacha.
Se distraía poco, cuando veía empañarse sus lentes de vez en vez por el vaho que desprendían las risas de la mujer con J, tratando que el vaho se quedara más tiempo ahí, para sentir más de cerca su aliento, su esencia.
En todo esto estaban cuando el hombre se levantó y le recomendó que siguieran caminando, que de otro modo serían dos estatuas de hielo al amanecer. La mujer con J estuvo muy de acuerdo, así que se levantó de un respingo, de manera tan graciosa que el "ya no tan desdichado" hombre se enamoró un poquito más.
Estaba caminando de nuevo hacia su destino cuando la mujer tosió en señal de buscar la atención del hombre con gafas de pasta, el viró y vio a la mujer cruzada de brazos.
-¿Qué pasa?- Le preguntó preocupado el hombre.
–Yo te vine a buscar.
– Cierto- le dijo el hombre.
– Y cuándo tu andabas solo recorrías el camino que se te antojaba, pero ahora ya somos dos y tenemos que estar de acuerdo en que camino vamos a tomar.
Un poco confundido, el hombre aceptó de buena gana, pues era la mujer más hermosa y convincente en este mundo.
– ¿Hacia dónde quieres dirigirte, pues?- le arrojó sin más el muchacho gafapasta.
– Hacia allá- señaló la chica con su dedo de una manera muy hermosa y graciosa, como todo lo que hacía ella.
– ¿Y qué hay hacia allá?- preguntó rutinariamente el hombre.
– No lo sé, dijo ella tan tranquila.
– ¿Cómo quieres que nos dirijamos hacia allá si no sabes si quiera lo que hay?
– Estoy segura que nos llevará a donde queramos ir- susurro un poco divertida.
El hombre de nuevo acepto, más por el frío que tenía, no quería seguir ahí parado sin calentar un poco las piernas.
Y así se dirigieron tan campantes, ella tarareando una canción inglesa, esa que se llama “Baby it’s cold outside”, él siguiéndole los felices pasos.
Luego, el gafapasta, en un momento de seguridad, al ver su brazo balancearse rítmicamente, tomó su mano, la entrelazo con la suya y espero que lo mejor pasara…
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