Y en ese momento estábamos ahí los
dos,
sentados, platicando, riendo; haciendo nada.
Cada uno con una taza de chocolate,
disfrutando ese amargo sabor
que queda al final en el paladar,
contemplándonos nosotros y
a las hojas de otoño, sintiendo el
frío.
Todo parecía igual,
melancólicamente igual.
El mismo otoño de otros años
la misma caída de hojas, el mismo
crujido, el mismo frío incipiente,
las mismas lunas famosas de estas
noches,
las mismas noticias con diferentes
nombres
los acontecimientos cíclicos de una
vida que no parece lineal.
Pero ambos sabíamos que todo era
diferente
que esta vez la naturaleza estaba
equivocada y
que nada era igual aunque así lo
parecía,
porque esta vez, para variar, nos
teníamos el uno al otro.
Yo lo sabía. Y era inmensamente
feliz.
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