Corría el año del 98 cuando el
niño paseaba por un parque grande y verdoso, de esos que siempre huelen a
mojado. El niño es un niño, no recuerda el suceso, no recordará haber estado
ahí cuando crezca, no recordará el verde profundo, la humedad impregnada en su
chaqueta, el lodo espeso en sus tenis con luces que centellan al brincar los
charcos; la banca, el árbol gigante que lleva al cielo, la ternura de la voz de
su madre, los vendedores de cucuruchos y confites, los perros que ladran sin
razón aparente, las bicis y los atuendos de invierno.
El niño no recordará nada de esto
a menos claro, que algo importante le suceda, que algo lo marque, le de una
experiencia –gratificante o no- que lo haga rememorar.
Ahí estaba el niño pues, en unos
columpios bastantes curiosos, unos a los que no estaba acostumbrado. El
esperaba encontrar el típico columpio cuyo asiento de metal combinaba con las
cadenas del mismo material que lo hacían balancear de aquí allá. Posiblemente
sean las únicas cadenas que te hacen libre, te dan a probar del viento y retar
las fuerzas de la gravedad.
En cambio lo que él encontró era
una especie de banda de cuero, algo manchada y usada, resistente pero flexible,
unida a las cadenas tradicionales.
Se sentó algo intrigado y reconoció algo incómodo el artilugio. Lo hacía sentir hundido, pues el cuero se ajustaba a su pequeño cuerpo, apretándolo y aprisionándolo un poco. No le daba la libertad menester en actividad tan cerca del cielo como era balancearse.
Se sentó algo intrigado y reconoció algo incómodo el artilugio. Lo hacía sentir hundido, pues el cuero se ajustaba a su pequeño cuerpo, apretándolo y aprisionándolo un poco. No le daba la libertad menester en actividad tan cerca del cielo como era balancearse.
Se acostumbró sin embargo, y se divirtió como usualmente lo hacía. Se
balanceaba lo suficientemente alto para saltar en el momento cumbre, en el
extremo más alto posible, cosa que lo hacía volar algunos ligeros segundos
antes de caer al arenoso y pesado suelo. Triste y cautivo suelo.
Separarse del columpio siempre era lo más excitante. No necesitarlo, aunque sea por unos escasos segundos, era lo que más le sorprendía, atraía y gustaba. Una sensación de independencia como ninguna.
Separarse del columpio siempre era lo más excitante. No necesitarlo, aunque sea por unos escasos segundos, era lo que más le sorprendía, atraía y gustaba. Una sensación de independencia como ninguna.
Después vino la noche, naturalmente. Era un atardecer, mejor dicho. No
lo sé. El niño no lo recuerda.
Lo que recuerda era que tiempo de partir era. La pelea usual para quedarse un rato más. El mismo infructífero resultado.
Lo que recuerda era que tiempo de partir era. La pelea usual para quedarse un rato más. El mismo infructífero resultado.
Saltó una vez más en el columpio de la banda de cuero, como para
llevarse el vuelo a su casa y corrió hacia sus hermanos, su madre y su padre.
Usualmente el niño no veía tan seguido a su padre. Tenía recientes dos años de vivir con él en una nueva ciudad donde todos hablaban un idioma extraño y parecían más altos, más blancos –o más negros- y un poco despreocupados.
Usualmente el niño no veía tan seguido a su padre. Tenía recientes dos años de vivir con él en una nueva ciudad donde todos hablaban un idioma extraño y parecían más altos, más blancos –o más negros- y un poco despreocupados.
Iba pues el niño con todos camino al auto, felices y contentos. Se abrió
la cajuela, se metieron algunas cosas como cometas y bandejas que hace
algunas horas contenían alimentos, y se dispusieron a entrar al carro.
Estaba el niño ya abrochándose su cinturón, todos adentro, cuando
súbitamente algo pequeño y café corría bajando un árbol en dirección a ellos y
saltó justo en sus piernas.
La primera reacción del niño es obvia, se asustó y grito de miedo. De repente,
como una reacción en cadena, todos sus hermanos gritaban y pataleaban asustados
por aquella curiosa cosa que decidió entrar en el auto. El padre del niño abrió
la puerta de nuevo y el animalucho bajó, no si antes dar una mirada confusa a
los asustados hermanos.
Ese niño era yo. Fue la primera vez que vi una ardilla. Ya había visto
algunas en la televisión, pero mi primer encuentro real con este animal fue
algo extraño.
No es una historia interesante, ni llena de suspenso. Ni si quiera
moraleja tiene. Pero bastó lo suficiente como para dejar huella en mi corazón.
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