Y ahí estaba el hombre, apenas respirando, a punto de morir.
Había escuchado que sólo algunas pocas muertes suceden con gloria, premeditadas, con tiempo suficiente para que el moribundo pudiera escoger bien sus últimas palabras.
Tomo su última bocanada de aire en este jodido mundo y dijo:
-Dios, más vale que estés ahí, porque me he pasado toda la vida negándonte para esperar un buen regaño al final del camino.
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