Estaba tan tranquilo. Ya se había acostumbrado a estar sin compañía. Carajo, incluso ya había aceptado la soledad, ya se había olvidado de todo lo que aquel y aquella le habían hecho. Después vino la tormenta. De improviso, fuerte, airosa. Y él con la guardia baja. No supo qué hacer. La tormenta se lo tragó.
Fin.
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