Dejen les platico una
historia.
Es una historia
nueva, inédita, jamás contada.
Es una historia con
sabor de amores.
No, se los juro que
no es aburrida.
Bueno, tal vez un
poco.
Está bien, está bien,
no es la mejor historia del mundo, pero es mía. ¿Todos tenemos una no?
¿Una?, ¡Varias! Todos
tenemos muchas historias a lo largo de nuestra vida, se van hilvanando unas con
otras, se conducen a si mismas a una coherente realidad de nuestra existencia.
Son como pequeños vagones imperfectos, llenos de experiencias, sinsabores y
alegrías, que van formándose en hilera para completar el perfecto ferrocarril
que es nuestra vida.
Así es, estos vagones
imperfectos generan perfección. ¿Qué locura no? Yo también dije lo mismo la
primera vez que se me vino a la cabeza tan alegre alegoría. Pues estas memorias
casi casi son lo que eres y alguna vez serás.
Y es que quién eres
si no lo que recuerdas de ti. ¿Quién soy yo si no lo que suele aparecer a mi
memoria, pues lo demás se perdió tal vez para siempre, en alguna parte del tiempo
y espacio que ya fue y nunca volverá?
Pero me estoy
desviando. Yo les venía a relatar una historia, un cuento, a narrar sucesos místico-mágicos
de mi escabrosa mente, que se enarbola ante todas las demás como la de todos
los demás. Porque es bien sabido que el protagonista de nuestras memorias somos
nosotros. Tal vez de vez en cuando se cuele por la rendija de nuestro inconsciente algún extraño misterioso, algún amigo
o alguna novia perdida por las malas decisiones, pero en mayoría tus recuerdos
te tienen a ti como actor de todas tus aventuras y a nadie más.
Como verá el lector,
soy fácil de distraer pues aquí estoy otra vez intentando contar mi historia.
Pues resulta ser que todo
comenzó –no hace poco ni hace mucho– en un pueblo de esos que tienen nombre
largo y lánguido.
Si mal no recuerdo
tal nombre era Nuestro muy señor de San
Quintín de los mártires.
Pues bueno, resulta
que Nuestro muy señor de San quintín de
los mártires era un pueblo por demás aburrido, olvidado por Dios y receloso
del avance que había en el mundo capitalista y globalizado.
Aquél lugar parecía
una postal de aquellos años donde todo era más simple. Faroles en las aceras iluminaban
tediosamente las calles de noche, caminos empedrados y llenos de nostalgia
chocarrera hacían resonar las noches, generando música espontánea y divertida;
las casas, distribuidas en perfectas y cuadriculadas manzanas, eran en su gran
mayoría de adobe y transpiraban cierto olor a cal.
Algunas gallinas paseando
por aquí, niños descalzos persiguiéndolas por acá, el borracho del pueblo
dormido a la entrada de la catedral –o tal vez rezando, tratando de ser eximido
de sus males–, los pocos turistas que como yo quieren sacar la mejor foto para
sus familiares mirando aquí y allá y demás curiosidades.
La gente de Nuestro muy señor de San quintín de los
mártires parecía tan antigua como aquel lugar. Parecían cubiertas de polvo
y sacadas de una foto con efecto sepia. No les mentiría si les dijera que en más
de una ocasión pensé estar en una especie de feria de época, pero no, así era
la gente de ahí: simplona, agradable, comelona y un poco socarrona.
Pues en pocas
palabras, para no aburrirlos con descripciones subjetivas –como todo en este
cuento– el pueblo era una variopinta mescolanza de sabores y experiencias.
Sin embargo, el pueblo
era tan simple que muchas personas no sabían de su existencia. Tristemente
habían inaugurado un gran complejo cerca de la localidad, en una ciudad más
urbana, pero nadie se había molestado en pasar por San Quintín.
Otro “sin embargo” más
agradable que el anterior, es que este pueblo era famoso entre un pequeño grupo
de gente, un grupo amante de lo dulce y la chatarra, de lo tradicional y lo
turístico.
En Nuestro muy señor de San quintín de los
mártires se producía la mayor parte del dulce tradicional del estado, y
como era de esperarse, todo giraba en torno al azúcar en aquél lugar.
Como habrán de
suponer –y si no lo suponen se los diré– este pueblo tenía por magno evento un
colorido festival de dulces y caramelos al que llamaban El grande, así nomás. ¿Modestos los sanquintinos eh?
Cada año asistían a El grande personas de todas las partes
del orbe para promocionar sus deliciosos caramelos, desde las grandes
corporaciones hasta pequeñas familias carameleras, antiguas y sectarias, con el
secreto del mejor membrillo jamás creado, guardado celosamente en sus prístinas
mentes dulceras.
No todos sabían de aquel
precioso regalo de Nuestro muy señor de San
Quintín de los mártires, pero los que si sabían eran tan recidivantes que
muchos hicieron largas amistades ahí (a pesar de que yo suelo ser una persona tímida,
me conseguí mis buenos compañeros de aventuras, y vivimos tantas trastabilladas
que son merecedoras de otra historia, otro escrito, en otra ocasión más
merecedora).
Pues bien, ahí estaba
yo en mi séptima u octava visita a tan mencionado festival, escarbando entre
los tenderetes alguna oferta, pues el antojo era mucho pero los billetes pocos.
Al final me acerqué
al puesto de Don Eladio, señor rubicundo y de nariz tosca, excelente en el arte
de los cacahuates garapiñados.
– ¡Miguel! –me dijo
con su voz áspera por el paso del mezcal a través de los años, antes que
pudiera articular palabra alguna– Ven acá que te quiero presentar a mi dulce
visitante.
–Aquí todos los
visitantes son dulces don Helodio
–logre decirle al fin a través de sus gritos y carcajadas, al hacer el tan
acostumbrado juego de palabras con su nombre.
–Ven aquí muchacho
cabrón –rugió mientras caminábamos sabrá Dios a dónde.
Nos dirigimos hacia el
rincón de su tienda y ahí, al doblar la esquina de su gran puesto de cacahuates
de diversos sabores, estaba ella.
Al verla en su
vestido celeste relleno de flores rosadas, toda tranquila, como curioseando la
nada, me dio un respingo el corazón.
Me enfoque en su
cabello castaño y medio quebradizo, que se movía graciosamente con el aire
polvoso de aquél pueblo. Al darme cuenta de la luz de sus ojos, contemplé
atolondrado y arrobado la belleza de su alma. Fue entonces que me di cuenta que
esta visita a Nuestro muy señor de San
Quintín de los mártires sería muy diferente de las demás…
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