Cuando la muerte sobrepasa las inútiles barreras médicas,
cuando se acerca con respiración agitada levantando su hoz para arrancar de
tajo la vida de un hombre. Es ahí cuando uno sabe que la vida vale nada, que
habría que gozarla para que valiera la pena, que habría que llorarla y reírla.
Pero ya no sirve esto de nada, pues en esencia ya se está muerto. Se ha
encarado al abismo y se ha vencido a la vez que perdido, pues es misión de la
carne partir para que el alma pueda vagar a un rumbo desconocido...
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