Bienvenidos a este humilde blog que pretende acallar la ávida desesperación de libertad de quien lo escribe. En él encontrarán de todo un poco, dependiendo del humor del autor. Son muy libres y es muy de ustedes la libertad de irse a otro lado en este vasto universo de la red, y es muy suyo también el derecho a quedarse a leer lo que hay por aquí de vez en vez...

Miguel Parga

sábado, 15 de mayo de 2010

El Café



Esa tarde caminaba yo poraquella estrecha calle que les gusta a los enamoradizos por su gran contenido subliminal para enamorar: unos cuantos árboles de esos que liberan flores blancas cuando uno va pasando, la extraña pero verídica brisa que se perciba ahí y que, si mi sentido del olfato podía ser tomado por bueno tenia cierto olor a invierno bello y frío incluso en los veranos mas calurosos y finalmente una gran cantidad de pequeños pero hermosos cafés que con su aroma penetraban la calle y la llenaban de parejas atolondradas dispuestas a amar.
Entré yo en uno de esos cafés, era sin duda el que mas prefería de todos, me gustaba ese ambiente especial, esa característica que lo hacia diferente de los demás: esa chimenea que chisporroteaba y que pese a lo que me decían, yo estaba seguro de oír como ese chisporroteo tenía vida propia y de cómo ejecutaba una melodía hermosa para los afortunados que se sentaban junto a ella en los días de frío. Claro está que yo frecuentaba mucho el lugar, tenía casi siempre mi lugar ahí reservado, me encantaba sentarme ahí para ver pasar a la gente, ver como la vida de algunos se consumía en banalidades, mientras que otros las disfrutaban de pleno.
Era también ese lugar uno de mis 5 lugares favoritos en donde acostumbraba a leer, leía de todo, ese lugar era el perfecto para encontrar la debida concentración, aún hoy leo en ese lugar y tiene la singularidad de que cuando lo hago sigo el ritmo de la chimenea; pensándolo bien parece ser que es la chimenea misma que me guía en mis lecturas y yo la sigo complacido.
También en ese lugar acostumbro escribir, no todas mis ideas son lo bastante buenas para contarse, pero muchas de aquellas que me jacto de que son dignas de narrar, han sido creadas en ese lugar.
Era pues el lugar donde uno podía hacer de todo y así lo hacía yo, entonces cierto día hubo algo que me obligo a ir a ese lugar casi a diario: era una muchachita hermosa, casi una pintura, tenia sus ojos grandes bellos y profundos, una sonrisa hermosa y blanca, me enamore de ella, no se como explicarlo pero me enamore, fue una sensación desgarradora, estaba tan embelesado que ya no importaba leer, ver a la demás gente, ni siquiera me interesaba escribir algo, ¡para que escribir si tenia ante mi el libro de las hermosuras diarias!
Desde entonces fui todos los días, hasta que a me di cuenta que ella solo los martes y viernes frecuentaba el lugar, ya sea por el pastelillo especial de aquellos día se servía, ya sea por que tenia solo esos días el tiempo necesario para una buena taza de café, no lo se y no importaba sinceramente, yo solo era feliz viéndola ahí.
A veces me llegaba su esencia de bella mujer cuando recién llegaba y tenía que pasar por donde yo me sentaba, era tal mi admiración por si persona que pronto la muchacha que me servía el café se dio cuenta de mi embelesamiento y me dio un nombre…
No sabia como agradecer el gesto de la mesera, mucho tiempo después se lo recompense al darle yo un nombre también de alguien que ella tenia en su corazón.
Así pues cierto día me estaba preparando para levantarme y dirigirme a ella y tratar de explicar mi atrevimiento de presentarme cundo se levantó de pronto, sentí un nudo en la garganta ya que pensé que se había dado cuenta de mis intenciones y que quería irse de allí, pero cual fue mi me sorpresa al descubrir que se acomodo el lindo vestido blanco que llevaba puesto y se sentó junto a mi y me dirigió aquella bella y dulce sonrisa que iba a quedar grabada en mi mente hasta el fin de mis días.

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