Fulguraba la luna y deslizaba su esplendor plateado por las
sombras que se formaban aquí y allá. Una noche incipiente. Incipiente viento,
un incipiente frío y un incipiente latido, un salto del corazón. Una esperanza
que anidaba el alma, de que al menos supiera cuán hermosa la ven estos ojos. Y
ahí estaba ella, toda hermosa. Y allí estaba yo, todo callado.
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